
En otras ocasiones, al borde de un bosque, especialmente al anochecer, los árboles mismos adoptaban formas extrañas: a veces eran brazos que se elevaban hacia el cielo, o bien el tronco se retorcía y giraba como un cuerpo doblado por el viento. Por la noche, cuando despertaba y la luna y las estrellas brillaban, veía en el cielo cosas que me llenaban simultáneamente de pavor y anhelo. Recuerdo que una vez, en Nochebuena, vi a una gran mujer desnuda, de pie, con los ojos en blanco; debía de medir unos treinta metros de altura, pero se desplazaba a la deriva, haciéndose cada vez más larga y delgada, y finalmente se desintegró, cada miembro permaneciendo separado, con la cabeza flotando primero mientras el resto de su cuerpo seguía vacilando.
Noviembre

Gustave Flaubert
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