
En los cálidos muros de piedra, las rosas trepadoras comenzaban a florecer y grandes ramas retorcidas de madreselva y clemátide se enzarzaban en una lucha mientras caían por encima del muro. Contra otro muro, flores blancas de manzano adornaban ramas cortadas en afilados crucifijos y forzadas a yacer planas contra la piedra. Abajo, los enormes labios rizados de tulipanes gigantes en tonos blancos y crema se mecían en sus macizos. Ya casi habían terminado de florecer, demasiado abiertos, desparramados, dejando al descubierto centros negros y obscenos. Nunca he tenido jardín propio, pero de repente reconocí algo en la maraña de este que no era belleza. Pasión, tal vez. Y algo más. Rabia.
Cómo vivo ahora

Meg Rosoff
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