
Silencio cegador, mineral, demoledor. No oyes nada más que el suave crujido de las piedras bajo tus pies. Un silencio implacable y definitivo, como una muerte transparente. Cielo de un azul perfectamente desapegado. Avanzas con la mirada baja, tranquilizándote a veces con un murmullo silencioso. Cielo sin nubes, losas de piedra caliza llenas de presencia: silencio que nada puede eludir. Silencio cumplido, inmovilidad vibrante, tensa como un arco. Está el silencio de la madrugada. Para rutas largas en otoño hay que empezar muy temprano. Afuera todo es violeta, la tenue luz se filtra a través de hojas rojas y doradas. Es un silencio expectante. Caminas suavemente entre enormes árboles oscuros, aún envueltos en rastros de la noche azul. Casi tienes miedo de despertar. Todo susurra en voz baja. Está el silencio de los paseos por la nieve, pasos amortiguados bajo un cielo blanco. A tu alrededor nada se mueve. Las cosas e incluso el tiempo mismo están helados, congelados en una silenciosa inmovilidad. Todo está detenido, unificado, gruesamente acolchado. Un silencio vigilante, blanco, esponjoso, suspendido como entre paréntesis.
Una filosofía del caminar

Frédéric Gros
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