
Pero caminar provoca absorción. Caminar interminablemente, absorbiendo a través de los poros la altura de las montañas al enfrentarlas detenidamente, respirando la forma de las colinas durante horas en un lento descenso. El cuerpo se impregna de la tierra que pisa. Y así, gradualmente, deja de estar en el paisaje: se convierte en el paisaje. Eso no tiene por qué significar disolución, como si el caminante se desvaneciera para convertirse en una mera inflexión, una nota a pie de página. Es más bien un instante fugaz: una llama repentina, el tiempo incendiándose. Y aquí, la sensación de eternidad es a la vez esa vibración entre presencias. Eternidad, aquí, en una chispa.
Una filosofía del caminar

Frédéric Gros
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