
¿De verdad trabajas en esas condiciones?” Ella, irritada por el contacto, apartó el brazo, protestando: “¿Y cómo trabajan ustedes dos, cómo trabajan?” No respondieron. Trabajaban duro, eso era obvio. Y al menos Enzo frente a él, en la fábrica, mujeres agotadas por el trabajo, por las humillaciones, por las obligaciones domésticas no menos que Lila. Sin embargo, ahora ambos estaban enojados por las condiciones en las que _ella_ trabajaba; no podían tolerarlo. Había que ocultarlo todo a los hombres. Preferían no saber, preferían fingir que lo que sucedía a manos del jefe milagrosamente no les sucedía a las mujeres importantes para ellos y que —esta era la idea con la que habían crecido— tenían que protegerla incluso a riesgo de ser asesinados. Ante ese silencio, Lila se enfureció aún más. “Váyanse a la mierda”, dijo, “ustedes y la clase trabajadora.
Los que se van y los que se quedan

Elena Ferrante
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