
John O’Donohue expresó la conexión entre la belleza y esos límites de la vida —umbrales era la palabra que él amaba— donde la plenitud de la realidad se vuelve más cruda y clara. Si nos remontamos a la etimología de la palabra «umbral», proviene de «trillar», que es separar el grano de la cáscara. Así, el umbral, en cierto modo, es un lugar donde uno se adentra en una plenitud más crítica, desafiante y valiosa. Hay grandes umbrales en cada vida. Por ejemplo, si uno está en medio de su vida, en una noche ajetreada, con cincuenta cosas que hacer, y recibe una llamada telefónica informándole que un ser querido está muriendo repentinamente, se necesitan diez segundos para comunicar esa información. Pero cuando cuelgas el teléfono, ya te encuentras en un mundo diferente. De repente, todo lo que antes parecía tan importante desaparece y ahora estás pensando en esto. Así que el mundo que creemos tener y el terreno firme sobre el que nos encontramos son tan inestables. Y un umbral es una línea que separa dos territorios del espíritu, y muy a menudo la clave está en cómo lo cruzamos.
Cómo alcanzar la sabiduría: Una indagación sobre el misterio y el arte de vivir.

Krista Tippett
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