
Los Oficios me reconectaron con una tradición donde, monje o no, siempre me sentiría como en casa. Desde hacía mucho tiempo conocía el poder de su repetición, la fuerza de encantamiento de los Salmos. Pero ahora tenían un poder adicional. De niño, el salmista (o los salmistas) me parecían distantes; los Salmos, largas oraciones que a veces alcanzaban la grandeza poética, pero que a menudo simplemente había que soportar. Para un hombre de mediana edad, los estados de ánimo y sentimientos de los salmistas cobraron vida. Una de las voces sonaba mucho a la de un neoyorquino moderno, a la mía o a la de gente que conocía: una personalidad maníaco-depresiva tipo A, a veces eufórica, más a menudo deprimida, a veces resignada, más a menudo enfadada, despotricando contra sus enemigos traicioneros y amigos inútiles, siempre quejándose al Señor de la mala suerte que le había tocado. Esa buena y vieja inmutabilidad.
Padre Joe: El hombre que salvó mi alma

Tony Hendra
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