
Así que cada vez que surge en mí esa voz frágil de insatisfacción, puedo decir: «¡Ah, mi ego! ¡Ahí estás, viejo amigo!». Es lo mismo cuando me critican y me doy cuenta de que me indigno, me duele o me pongo a la defensiva. Es solo mi ego, encendiéndose y poniendo a prueba su poder. En tales circunstancias, he aprendido a observar mis emociones acaloradas con atención, pero trato de no tomármelas demasiado en serio, porque sé que es solo mi ego el que ha sido herido, nunca mi alma. Es solo mi ego el que quiere venganza, o ganar el premio mayor. Es solo mi ego el que quiere iniciar una guerra en Twitter contra un hater, o enfurruñarse por un insulto, o renunciar con justa indignación porque no obtuve el resultado que quería. En esos momentos, siempre puedo estabilizar mi vida volviendo a mi alma. Le pregunto: «¿Y qué es lo que deseas, querida?». La respuesta siempre es la misma: «Más asombro, por favor». Mientras siga avanzando en esa dirección —hacia el asombro— sé que siempre estaré bien en mi alma, que es donde realmente importa. Y como la creatividad sigue siendo la forma más eficaz para mí de acceder al asombro, la elijo.
Gran Magia: Una vida creativa sin miedo

Elizabeth Gilbert
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