Categoría: Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

También encontramos la física, en el sentido más amplio de la palabra, que se ocupa de la explicación de los fenómenos del mundo; pero reside en la naturaleza misma de las explicaciones que estas no pueden ser suficientes. La física es incapaz de sostenerse por sí misma, sino que necesita una metafísica sobre la que apoyarse, por más elevadas que sean las pretensiones que pueda tener respecto a esta última. Pues explica los fenómenos mediante algo aún más desconocido que ellos mismos, a saber, mediante leyes de la naturaleza que se basan en fuerzas de la naturaleza, una de las cuales es también la fuerza vital. Ciertamente, el estado actual de todas las cosas en el mundo o en la naturaleza debe necesariamente ser susceptible de explicación a partir de causas puramente físicas. Pero tal explicación —suponiendo que se lograra darla— debe estar necesariamente lastrada por dos imperfecciones esenciales (como dos puntos débiles, o como Aquiles con su talón vulnerable, o el diablo con su pie hendido). Debido a estas imperfecciones, todo lo así explicado seguiría, en realidad, sin explicación. La primera imperfección reside en que el *inicio* de la cadena de causas y efectos que lo explica todo, es decir, de los cambios continuos e interconectados, *nunca* se alcanza, sino que, al igual que los límites del mundo en el espacio y el tiempo, se aleja incesantemente y *hasta el infinito*. La segunda imperfección radica en que todas las causas eficientes que explican todo se basan siempre en algo totalmente inexplicable, es decir, en las *cualidades* originales de las cosas y las *fuerzas naturales* que se manifiestan en ellas. En virtud de dichas fuerzas, producen un efecto definido, por ejemplo, peso, dureza, impacto, elasticidad, calor, electricidad, fuerzas químicas, etc., y tales fuerzas permanecen en toda explicación dada como una incógnita, imposible de eliminar en una ecuación algebraica que, por lo demás, está perfectamente resuelta. En consecuencia, no existe ni un solo fragmento de arcilla, por insignificante que sea su valor, que no esté compuesto enteramente de cualidades inexplicables. Por lo tanto, estos dos defectos inevitables en toda explicación puramente física, es decir, causal, indican que dicha explicación solo puede ser *relativamente* verdadera, y que su método y naturaleza no pueden ser los únicos, los últimos y, por ende, los suficientes; en otras palabras, no pueden ser el método que jamás conduzca a la solución satisfactoria de los difíciles enigmas de las cosas, ni a la verdadera comprensión del mundo y de la existencia. La explicación *física*, en general y como tal, requiere una explicación *metafísica*, que proporcionaría la clave de todos sus supuestos, pero que, precisamente por ello, tendría que seguir un camino completamente diferente. El primer paso para ello es que tomemos conciencia de la distinción entre ambas y la mantengamos firmemente, es decir, la diferencia entre *física* y *metafísica*. En general, esta diferencia se basa en la distinción kantiana entre *fenómeno* y *cosa en sí*. El hecho de que Kant declarara que la cosa en sí era absolutamente incognoscible no significaba, según él, que existiera metafísica alguna, sino simplemente conocimiento inmanente, es decir, mera física, que solo puede hablar de fenómenos, y, junto con esto, una crítica de la razón que aspira a la metafísica. —De El mundo como voluntad y representación. Traducido del alemán por EFJ Payne. En dos volúmenes, volumen II, págs. 172-173.
– Arthur Schopenhauer –

Arthur Schopenhauer

Ahora paso a una consideración *subjetiva* que corresponde a este contexto; sin embargo, puedo darle aún menos claridad que a la consideración objetiva que acabo de analizar, pues solo podré expresarla mediante imágenes y símiles. ¿Por qué nuestra conciencia es más brillante y nítida cuanto más se extiende hacia afuera, de modo que su mayor claridad reside en la percepción sensorial, que ya pertenece en parte a las cosas externas a nosotros; y, por otro lado, se vuelve más oscura a medida que nos adentramos en nuestro interior, y nos conduce, al seguirla hasta sus recovecos más profundos, a una oscuridad en la que cesa todo conocimiento? Porque, digo, la conciencia presupone la *individualidad*; pero esta pertenece al mero fenómeno, ya que, como pluralidad de lo homogéneo, está condicionada por las formas del fenómeno, el tiempo y el espacio. Por otro lado, nuestra naturaleza interior tiene su raíz en lo que ya no es fenómeno, sino cosa en sí, a la cual, por lo tanto, no llegan las formas del fenómeno; y de esta manera, faltan las condiciones principales de la individualidad, y con ella cesa la conciencia distinta. En este punto raíz de la existencia cesa la diferencia de los seres, así como cesa la de los radios de una esfera en el centro. Como en la esfera la superficie se produce por el fin y la ruptura de los radios, así la conciencia solo es posible donde el verdadero ser interior se extiende hacia el fenómeno. A través de las formas del fenómeno se hace posible la individualidad separada, y sobre esta individualidad descansa la conciencia, que por esta razón está confinada a los fenómenos. Por lo tanto, todo lo distinto y realmente inteligible en nuestra conciencia siempre se encuentra solo hacia afuera en esta superficie de la esfera. Pero tan pronto como nos retiramos por completo de ella, la conciencia nos abandona: en el sueño, en la muerte y, hasta cierto punto, también en la actividad magnética o mágica; pues todas ellas conducen a través del centro. Pero precisamente porque la conciencia distinta, al estar condicionada por la superficie de la esfera, no está dirigida hacia el centro, reconoce a otros individuos ciertamente como de la misma clase, pero no como idénticos, lo cual, sin embargo, son en sí mismos. La inmortalidad del individuo podría compararse con el vuelo tangente de un punto en la superficie; pero la inmortalidad, en virtud de la eternidad del verdadero ser interior de todo el fenómeno, es comparable al retorno de ese punto en el radio al centro, cuya mera extensión es la superficie. La voluntad como cosa en sí es entera e indivisa en todo ser, así como el centro es una parte integral de todo radio; mientras que el extremo periférico de este radio está en la revolución más rápida con la superficie que representa el tiempo y su contenido, el otro extremo en el centro donde reside la eternidad, permanece en la paz más profunda, porque el centro es el punto cuya mitad ascendente no es diferente de la mitad descendente. Por lo tanto, también se dice en el *Bhagavad-Gita*: *Haud distributum animantibus, et quasi distributum tamen insidens, animantiumque sustentaculum id cognoscendum, edax et rursus genitale* (xiii, 16, trad. Schlegel) [Indivisa habita en los seres, y sin embargo como si estuviera dividida; [Se le conoce como el sustentador, aniquilador y productor de seres]. Aquí, por supuesto, caemos en un lenguaje místico y metafórico, pero es el único lenguaje en el que se puede decir algo sobre este tema completamente trascendente. —de _El mundo como voluntad y representación_. Traducido del alemán por EFJ Payne. En dos volúmenes, volumen II, págs. 325-326
– Arthur Schopenhauer –