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Franz Winkler

No hace mucho, miles de personas dedicaban su vida a la soledad de la naturaleza para encontrar la visión espiritual. El hombre moderno no necesita convertirse en ermitaño para lograr este objetivo, pues su época no exige ni éxtasis ni misticismo ajeno al mundo, sino un equilibrio entre la realidad cuantitativa y cualitativa. Con su reducida capacidad de percepción intuitiva, es improbable que el hombre moderno se beneficie de la vida contemplativa de un ermitaño en la soledad. Sin embargo, sí puede prestar atención plena, en ocasiones, a un fenómeno natural, observándolo con detalle y recordando todos los datos científicos que pueda. Gradualmente, debe acallar sus pensamientos y, al menos por unos instantes, olvidar todas sus preocupaciones y deseos personales, hasta que en su alma solo quede asombro ante el milagro que tiene ante sí. Estos esfuerzos son como viajes que trascienden los límites del egocentrismo y, aunque el proceso de despertar intuitivo es laborioso y lento, sus recompensas se notan desde el primer momento. Si se cultiva a lo largo de los años, algo comenzará a despertar en el alma humana: un sentimiento de afinidad con las fuerzas de la conciencia vital que rigen el mundo de las plantas y los animales, y con los poderes que determinan las leyes de la materia. Si bien el intelecto analítico bien puede considerarse el fruto más preciado de la era moderna, no debe prevalecer en materia de conocimiento. Para que la ciencia aporte felicidad y verdadero progreso al mundo, necesita tanto la calidez del corazón humano como la fría curiosidad de su intelecto.
– Franz Winkler –