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Jacques Maritain

No basta con que una población, o un sector de ella, tenga fe cristiana y sea dócil a los ministros religiosos para estar en condiciones de juzgar adecuadamente los asuntos políticos. Si esta población carece de experiencia política, de la capacidad de discernir por sí misma y de una tradición de iniciativa y juicio crítico, su posición respecto a la política se complica, pues nada facilita más a los impostores políticos que explotar los buenos principios con fines engañosos, y nada es más desastroso que los buenos principios mal aplicados. Además, nada facilita más a la debilidad humana que fusionar la religión con prejuicios de raza, familia o clase, odios colectivos, pasiones de clan y fantasmas políticos que compensan el rigor de la disciplina individual en un alma piadosa pero insuficientemente purificada. La política se ocupa de los asuntos e intereses del mundo y depende de las pasiones naturales del hombre y de la razón. Pero lo que quiero destacar aquí es que, sin bondad, amor y caridad, todo lo mejor de nosotros —incluso la fe divina, pero sobre todo las pasiones y la razón— se convierte en un mal uso en nuestras manos. La cuestión es que la experiencia política correcta no puede desarrollarse en las personas a menos que las pasiones y la razón se orienten sobre una base sólida de virtudes colectivas, sobre la fe, el honor y la sed de justicia. La cuestión es que, sin el instinto evangélico y el potencial espiritual de un cristianismo vivo, el juicio y la experiencia política están mal protegidos contra las ilusiones del egoísmo y el miedo; sin valentía, compasión por la humanidad y espíritu de sacrificio, el avance, siempre frustrado, hacia un ideal histórico de generosidad y fraternidad resulta inconcebible.
– Jacques Maritain –