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Jorge Antonio Renaud

Luna de prisión. Son las cuatro de la mañana, de servicio laboral, y comienzo mi solitaria caminata desde el recinto exterior hasta el edificio principal. Un guardia tembloroso, helado en su solitario puesto de avanzada, me registra desnuda hasta que se asegura de que mi insignificante desnudez no representa ninguna amenaza y luego susurra el código secreto que me permite el acceso a la pasarela abierta de un cuarto de milla. Resoplo hacia otro día mientras el hielo brilla en el alambre de púas y los rifles notan mi paso entumecido, silencioso salvo por mis resoplidos y forcejeos en la acera agrietada y resbaladiza. Una luna nueva, velada por una niebla tenue y rodeada de gloria, se cierne sobre la prisión, su brillo llamativo provocando los focos halógenos. La atracción cremosa de la luna perturba algún equilibrio líquido dentro de mí y como las mareas, los lobos y toda clase de locos, me rindo perturbado por la certeza de que bajo la luminiscencia ósea de una luna sonriente los delirios lunares me atrapan y aúllo, una vez, luego otra, y seguramente en algún lugar un durmiente sin ataduras se agita, la penitencia está muriendo una muerte vertiginosa. Me sacudo para recuperar la cordura y mientras Los ecos flotan en el aire gélido. Le explico al guardia de ojos desorbitados que los convictos, como todos los animales atados con correa, deben aullar ante la belleza que se encuentra más allá de ellos.
– Jorge Antonio Renaud –