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Laura Esquivel

Ella dijo que cada uno de nosotros nace con una caja de cerillas en su interior, pero no podemos encenderlas todas solos; al igual que en el experimento, necesitamos oxígeno y una vela que nos ayude. En este caso, el oxígeno, por ejemplo, provendría del aliento de la persona amada; la vela podría ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que genere la explosión que enciende una de las cerillas. Por un instante, nos deslumbra una emoción intensa. Una agradable calidez crece en nuestro interior, desvaneciéndose lentamente con el paso del tiempo, hasta que una nueva explosión la reaviva. Cada persona debe descubrir qué desencadenará esas explosiones para poder vivir, ya que la combustión que se produce al encenderse una de ellas es lo que nutre el alma. Ese fuego, en resumen, es su alimento. Si uno no descubre a tiempo qué desencadenará esas explosiones, la caja de cerillas se apaga y ninguna cerilla se encenderá jamás. Si eso sucede, el alma huye del cuerpo y vaga entre las sombras más profundas, buscando en vano alimento, sin saber que solo el cuerpo que dejó atrás, frío e indefenso, es capaz de proporcionárselo. Por eso es importante mantenerse alejado de las personas con aliento gélido. Su sola presencia puede apagar el fuego más intenso, con consecuencias que ya conocemos. Si nos mantenemos a una distancia prudencial de esas personas, es más fácil protegernos de ser extinguidos.
– Laura Esquivel –