Categoría: Maurice Merleau-Ponty

Maurice Merleau-Ponty

La ciencia y la filosofía se han sustentado durante siglos en una fe incuestionable en la percepción. La percepción abre una ventana a las cosas. Esto significa que se dirige, casi teleológicamente, hacia una *verdad en sí misma* en la que se halla la razón subyacente a todas las apariencias. La tesis tácita de la percepción es que en cada instante la experiencia puede coordinarse con la del instante anterior y la del siguiente, y mi perspectiva con la de otras consciencias; que todas las contradicciones pueden eliminarse, que la experiencia monádica e intersubjetiva es un texto ininterrumpido; que lo que ahora es indeterminado para mí podría llegar a ser determinado para un conocimiento más completo, que, por así decirlo, se realiza de antemano en la cosa, o mejor dicho, que es la cosa misma. La ciencia ha sido, en un principio, simplemente la continuación o amplificación del proceso que constituye las cosas percibidas. Así como la cosa es el invariante de todos los campos sensoriales y de todos los campos perceptivos individuales, así también el concepto científico es el medio para fijar y objetivar los fenómenos. La ciencia definió un estado teórico de los cuerpos no sometidos a la acción de ninguna fuerza, y *ipso facto* definió la fuerza, reconstituyendo con la ayuda de estos componentes ideales los procesos observados. Estableció estadísticamente las propiedades químicas de los cuerpos puros, deduciendo de ellas las de los cuerpos empíricos, y pareció así sostener el plan de la creación o, en cualquier caso, haber hallado una razón inmanente en el mundo. La noción de espacio geométrico, indiferente a su contenido, la del movimiento puro que por sí mismo no afecta las propiedades del objeto, proporcionó a los fenómenos un marco de existencia inerte en el que cada evento podía relacionarse con las condiciones físicas responsables de los cambios ocurridos, contribuyendo así a esta congelación del ser que parecía ser la tarea de la física. Al desarrollar de este modo el concepto de la cosa, el conocimiento científico no era consciente de que partía de una presuposición. Precisamente porque la percepción, en sus implicaciones vitales y previa a cualquier pensamiento teórico, se presenta como percepción de un ser, no se consideró necesario que la reflexión emprendiera una genealogía del ser, y por lo tanto se limitó a buscar las condiciones que hacen posible el ser. Aun teniendo en cuenta las transformaciones de la conciencia determinante, aun admitiendo que la constitución del objeto nunca se completa, nada se podía añadir a lo que la ciencia decía al respecto; el objeto natural seguía siendo para nosotros una unidad ideal y, en las famosas palabras de Lachelier, una red de propiedades generales. De nada servía negar cualquier valor ontológico a los principios de la ciencia y dejarlos con un mero valor metodológico, pues esta reserva no suponía ningún cambio esencial en lo que respecta a la filosofía, ya que el único ser concebible seguía definido por el método científico. El cuerpo vivo, en estas circunstancias, no podía escapar a las determinaciones que, por sí solas, lo convertían en objeto y sin las cuales no habría tenido cabida en el sistema de la experiencia. Los predicados de valor que el juicio reflexivo le confiere debían sustentarse, en el ser, en un fundamento de propiedades fisicoquímicas. En la experiencia ordinaria encontramos una congruencia y una relación significativa entre el gesto, la sonrisa y el tono de voz de quien habla. Pero esta relación recíproca de expresión, que presenta el cuerpo humano como la manifestación externa de una determinada manera de ser-en-el-mundo, debía, para la fisiología mecanicista, resolverse en una serie de relaciones causales. —De _Fenomenología de la percepción_. Traducido por Colin Smith, págs. 62-64—Ilustraciones de Cristian Boian
– Maurice Merleau-Ponty –

Maurice Merleau-Ponty

La ciencia y la filosofía se han sustentado durante siglos en una fe incuestionable en la percepción. La percepción abre una ventana a las cosas. Esto significa que se dirige, casi teleológicamente, hacia una *verdad en sí misma* en la que se halla la razón subyacente a todas las apariencias. La tesis tácita de la percepción es que en cada instante la experiencia puede coordinarse con la del instante anterior y la del siguiente, y mi perspectiva con la de otras consciencias; que todas las contradicciones pueden eliminarse, que la experiencia monádica e intersubjetiva es un texto ininterrumpido; que lo que ahora es indeterminado para mí podría llegar a ser determinado para un conocimiento más completo, que, por así decirlo, se realiza de antemano en la cosa, o mejor dicho, que es la cosa misma. La ciencia ha sido, en un principio, simplemente la continuación o amplificación del proceso que constituye las cosas percibidas. Así como la cosa es el invariante de todos los campos sensoriales y de todos los campos perceptivos individuales, así también el concepto científico es el medio para fijar y objetivar los fenómenos. La ciencia definió un estado teórico de los cuerpos no sometidos a la acción de ninguna fuerza, y *ipso facto* definió la fuerza, reconstituyendo con la ayuda de estos componentes ideales los procesos observados. Estableció estadísticamente las propiedades químicas de los cuerpos puros, deduciendo de ellas las de los cuerpos empíricos, y pareció así sostener el plan de la creación o, en cualquier caso, haber hallado una razón inmanente en el mundo. La noción de espacio geométrico, indiferente a su contenido, la del movimiento puro que por sí mismo no afecta las propiedades del objeto, proporcionó a los fenómenos un marco de existencia inerte en el que cada evento podía relacionarse con las condiciones físicas responsables de los cambios ocurridos, contribuyendo así a esta congelación del ser que parecía ser la tarea de la física. Al desarrollar de este modo el concepto de la cosa, el conocimiento científico no era consciente de que partía de una presuposición. Precisamente porque la percepción, en sus implicaciones vitales y previa a cualquier pensamiento teórico, se presenta como percepción de un ser, no se consideró necesario que la reflexión emprendiera una genealogía del ser, y por lo tanto se limitó a buscar las condiciones que hacen posible el ser. Aun teniendo en cuenta las transformaciones de la conciencia determinante, aun admitiendo que la constitución del objeto nunca se completa, nada se podía añadir a lo que la ciencia decía al respecto; el objeto natural seguía siendo para nosotros una unidad ideal y, en las famosas palabras de Lachelier, una red de propiedades generales. De nada servía negar cualquier valor ontológico a los principios de la ciencia y dejarlos con un mero valor metodológico, pues esta reserva no suponía ningún cambio esencial en lo que respecta a la filosofía, ya que el único ser concebible seguía definido por el método científico. El cuerpo vivo, en estas circunstancias, no podía escapar a las determinaciones que, por sí solas, lo convertían en objeto y sin las cuales no habría tenido cabida en el sistema de la experiencia. Los predicados de valor que el juicio reflexivo le confiere debían sustentarse, en el ser, en un fundamento de propiedades fisicoquímicas. En la experiencia ordinaria encontramos una congruencia y una relación significativa entre el gesto, la sonrisa y el tono de voz de quien habla. Pero esta relación recíproca de expresión, que presenta el cuerpo humano como la manifestación externa de una determinada manera de ser-en-el-mundo, debía, para la fisiología mecanicista, resolverse en una serie de relaciones causales. —De _Fenomenología de la percepción_. Traducido por Colin Smith, págs. 62-64—Ilustraciones de Cristian Boian
– Maurice Merleau-Ponty –