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Nando Parrado

En los años transcurridos desde la catástrofe, a menudo pienso en mi amigo Arturo Nogueira y en las conversaciones que tuvimos en las montañas sobre Dios. Muchos de mis compañeros supervivientes dicen haber sentido la presencia personal de Dios en las montañas. Creen que, en respuesta a nuestras oraciones, Él nos permitió sobrevivir misericordiosamente, y están seguros de que fue su mano la que nos guió de regreso a casa. Respeto profundamente la fe de mis amigos, pero, para ser honesto, por mucho que recé por un milagro en los Andes, nunca sentí la presencia personal de Dios. Al menos, no sentí a Dios como la mayoría de la gente lo ve. Sí sentí algo más grande que yo, algo en las montañas, en los glaciares y en el cielo resplandeciente que, en contados momentos, me tranquilizaba y me hacía sentir que el mundo era ordenado, amoroso y bueno. Si esto era Dios, no era un Dios como ser, ni un espíritu, ni una mente omnipotente y sobrehumana. No era un Dios que pudiera elegir salvarnos o abandonarnos, ni cambiar de ninguna manera. Era simplemente un silencio, una plenitud, una sencillez sobrecogedora. Parecía llegarme a través de mis propios sentimientos de amor, y a menudo he pensado que cuando sentimos lo que llamamos amor, en realidad estamos sintiendo nuestra conexión con esta presencia imponente. Sigo sintiendo esta presencia cuando mi mente se aquieta y presto atención. No pretendo comprender qué es ni qué quiere de mí. No quiero comprender estas cosas. No me interesa ningún Dios que pueda ser comprendido, que nos hable en uno u otro libro sagrado, y que manipule nuestras vidas según algún plan divino, como si fuéramos personajes en una obra de teatro. ¿Cómo puedo comprender a un Dios que pone una religión por encima de las demás, que responde a una oración e ignora otra, que envía a dieciséis jóvenes a casa y deja a otros veintinueve muertos en una montaña? Hubo un tiempo en que quise conocer a ese dios, pero ahora me doy cuenta de que lo que realmente quería era el consuelo de la certeza, el saber que mi Dios era el verdadero Dios, y que al final me recompensaría por mi fidelidad. Ahora entiendo que tener certeza —sobre Dios, sobre cualquier cosa— es imposible. He perdido la necesidad de saber. En aquellas conversaciones inolvidables que tuve con Arturo mientras agonizaba, me dijo que la mejor manera de encontrar la fe era teniendo el valor de dudar. Recuerdo esas palabras cada día, y dudo, y tengo esperanza, y de esta manera tan simple intento tantear el camino hacia la verdad. Todavía rezo las oraciones que aprendí de niño —Ave Marías, Padrenuestros— pero no imagino a un sabio padre celestial escuchando pacientemente al otro lado de la línea. En cambio, imagino el amor, un océano de amor, la fuente misma del amor, y me imagino fundiéndome con él. Me abro a él, intento dirigir esa marea de amor hacia las personas cercanas a mí, con la esperanza de protegerlas, unirlas a mí para siempre y conectarnos a todos con lo que sea eterno en el mundo. …Cuando rezo de esta manera, siento como si estuviera conectado a algo bueno, completo y poderoso. En las montañas, fue el amor lo que me mantuvo conectado con el mundo de los vivos. Ni el coraje ni la astucia me habrían salvado. No tenía experiencia a la que recurrir, así que confié en el amor que sentía por mi padre y por mi futuro, y esa confianza me condujo a casa. Desde entonces, me ha llevado a una comprensión más profunda de quién soy y qué significa ser humano. Ahora estoy convencido de que si existe algo divino en el universo, la única manera de encontrarlo es a través del amor que siento por mi familia y mis amigos, y a través de la simple maravilla de estar vivo. No necesito más sabiduría ni filosofía que esta: mi deber es llenar mi tiempo en la tierra con la mayor cantidad de vida posible, volverme un poco más humano cada día y comprender que solo nos convertimos en humanos cuando amamos. …Para mí, esto es suficiente.
– Nando Parrado –