Categoría: Quentin Meillassoux

Quentin Meillassoux

Si miramos a través de la abertura que hemos abierto hacia lo absoluto, lo que vemos allí es un poder bastante amenazador: algo insensible, capaz de destruir cosas y mundos, de engendrar absurdos monstruosos, pero también de permanecer inmóvil, de realizar cada sueño, pero también cada pesadilla, de generar transformaciones aleatorias y frenéticas, o, por el contrario, de producir un universo que permanece inmóvil hasta sus recovecos más profundos, como una nube que transporta las tormentas más feroces, y luego los destellos más inquietantes, aunque solo sea por un intervalo de calma perturbadora. Vemos una omnipotencia igual a la del Dios cartesiano, capaz de cualquier cosa, incluso de lo inconcebible; pero una omnipotencia que se ha vuelto autónoma, sin normas, ciega, desprovista de las demás perfecciones divinas, un poder sin bondad ni sabiduría, poco dispuesto a tranquilizar el pensamiento sobre la veracidad de sus ideas particulares. Observamos algo parecido al Tiempo, pero un Tiempo inconcebible para la física, ya que es capaz de destruir, sin causa ni razón, toda ley física; del mismo modo que es inconcebible para la metafísica, puesto que es capaz de destruir toda entidad determinada, incluso a un dios, incluso a Dios. No se trata de un tiempo heraclíteo, puesto que no es la ley eterna del devenir, sino más bien el devenir posible, eterno e implacable, de toda ley. Es un Tiempo capaz de destruir incluso el devenir mismo, al engendrar, quizás para siempre, la fijeza, la estasis y la muerte.
– Quentin Meillassoux –

Quentin Meillassoux

Si miramos a través de la abertura que hemos abierto hacia lo absoluto, lo que vemos allí es un poder bastante amenazador: algo insensible, capaz de destruir cosas y mundos, de engendrar absurdos monstruosos, pero también de permanecer inmóvil, de realizar cada sueño, pero también cada pesadilla, de generar transformaciones aleatorias y frenéticas, o, por el contrario, de producir un universo que permanece inmóvil hasta sus recovecos más profundos, como una nube que transporta las tormentas más feroces, y luego los destellos más inquietantes, aunque solo sea por un intervalo de calma perturbadora. Vemos una omnipotencia igual a la del Dios cartesiano, capaz de cualquier cosa, incluso de lo inconcebible; pero una omnipotencia que se ha vuelto autónoma, sin normas, ciega, desprovista de las demás perfecciones divinas, un poder sin bondad ni sabiduría, poco dispuesto a tranquilizar el pensamiento sobre la veracidad de sus ideas particulares. Observamos algo parecido al Tiempo, pero un Tiempo inconcebible para la física, ya que es capaz de destruir, sin causa ni razón, toda ley física; del mismo modo que es inconcebible para la metafísica, puesto que es capaz de destruir toda entidad determinada, incluso a un dios, incluso a Dios. No se trata de un tiempo heraclíteo, puesto que no es la ley eterna del devenir, sino más bien el devenir posible, eterno e implacable, de toda ley. Es un Tiempo capaz de destruir incluso el devenir mismo, al engendrar, quizás para siempre, la fijeza, la estasis y la muerte.
– Quentin Meillassoux –