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Anne Brontë

Es una tontería desear la belleza. Las personas sensatas jamás la desean para sí mismas ni se preocupan por ella en los demás. Si la mente está bien cultivada y el corazón bien dispuesto, a nadie le importa lo exterior. Así lo decían los maestros de nuestra infancia, y así se lo decimos nosotros a los niños de hoy. Todo muy juicioso y correcto, sin duda; pero ¿están tales afirmaciones respaldadas por la experiencia real? Estamos naturalmente predispuestos a amar lo que nos da placer, ¿y qué hay más placentero que un rostro hermoso, al menos cuando no conocemos ningún daño a quien lo posee? Una niña ama a su pájaro. ¿Por qué? Porque vive y siente; porque es indefenso e inofensivo. Un sapo, del mismo modo, vive y siente, y es igualmente indefenso e inofensivo; pero aunque no le haría daño a un sapo, no puede amarlo como al pájaro, con su forma grácil, sus suaves plumas y sus brillantes ojos expresivos. Si una mujer es bella y amable, es elogiada por ambas cualidades, pero especialmente por la primera, por la mayoría de la gente; si, por el contrario, es desagradable en persona y carácter, su fealdad suele ser objeto de críticas como su mayor defecto, porque, para los observadores comunes, resulta sumamente ofensiva; mientras que, si es sencilla y buena, siempre que sea una persona de modales reservados y vida solitaria, nadie conoce su bondad, excepto sus allegados más cercanos. Otros, por el contrario, tienden a formarse opiniones desfavorables sobre su mente y carácter, aunque solo sea para justificar su aversión instintiva hacia alguien tan poco agraciada por naturaleza; y viceversa con aquella cuya apariencia angelical oculta un corazón vicioso, o que disimula con un encanto falso y engañoso defectos y debilidades que no serían tolerados en otra persona.
– Anne Brontë –