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Arthur Machen

Finalmente, Ilar Sant llegó a este bosque, que ahora la gente llama el bosque de San Hilario porque se han olvidado por completo de Ilar. Estaba cansado de vagar y hacía mucho calor; así que se detuvo junto a este pozo y comenzó a beber. Y allí, sobre aquella gran piedra, vio el pez brillante, y así descansó, y construyó un altar y una iglesia de ramas de sauce, y ofreció el sacrificio no solo por los vivos y los muertos, sino también por todas las bestias salvajes de los bosques y los arroyos. Y cuando este bienaventurado Ilar hizo sonar su santa campana y comenzó a ofrecer, no solo acudieron el Príncipe y sus sirvientes, sino todas las criaturas del bosque. Allí, bajo las ramas de avellano, se podía ver a la liebre, que vuela tan velozmente de los hombres, acercarse suavemente y caer, llorando amargamente por la Pasión del Hijo de María. Y, junto a la liebre, la comadreja y el hurón se lamentaban amargamente a la manera de pecadores penitentes; y lobos y corderos juntos adoraban la hierurgia del santo; y los hombres han visto lágrimas correr de los ojos de serpientes venenosas cuando Ilar Agios pronunció «Curiluson» en voz alta, puesto que la serpiente no ignora que por su maldad el dolor llegó al mundo entero. Y cuando, en el tiempo del santo ministerio, fue necesario que se cantaran y vociferaran frecuentes Aleluyas, el santo se preguntó qué se debía hacer, pues aún nadie en ese lugar era experto en el arte del canto. Entonces ocurrió un gran milagro, ya que de todas las ramas del bosque, de cada arbusto y de cada árbol verde, resonaron Aleluyas en encantadora y prolongada armonía; jamás el Obispo de Roma escuchó un canto tan dulce en su iglesia como el que se oía en este bosque. Porque el ruiseñor, el zorzal, el mirlo y la curruca capirotada, y todos sus compañeros, se reunieron y cantaron alabanzas al Señor, cantando notas distintas y concluyendo en una melodía de dulzura arrebatadora; tal era la misa del Pescador. Y esto no fue todo, pues un día, mientras el santo oraba junto al pozo, se dio cuenta de que una abeja revoloteaba alrededor de su cabeza, emitiendo fuertes zumbidos, pero sin intentar picarlo. En resumen; La abeja precedió a Ilar y lo condujo a un árbol hueco no muy lejos de allí. Enseguida, un enjambre de abejas salió de allí, dejando tras de sí una gran cantidad de cera. Esta era su ofrenda al Altísimo, pues con su cera Ilar Sant hizo hermosas velas para arder en la Ofrenda; y desde entonces la abeja es santa, porque su cera ilumina las Ofrendas.
– Arthur Machen –