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WH Auden

La lectura infantil se guía por el placer, pero este es indiferenciado; no puede distinguir, por ejemplo, entre el placer estético y el placer de aprender o soñar despierto. En la adolescencia nos damos cuenta de que existen diferentes tipos de placer, algunos de los cuales no se pueden disfrutar simultáneamente, pero necesitamos la ayuda de otros para definirlos. Ya sea en cuanto a gustos culinarios o literarios, el adolescente busca un mentor en cuya autoridad pueda confiar. Come o lee lo que su mentor le recomienda e, inevitablemente, hay ocasiones en las que tiene que engañarse un poco; tiene que fingir que disfruta de las aceitunas o de Guerra y Paz un poco más de lo que realmente lo hace. Entre los veinte y los cuarenta años nos encontramos en el proceso de descubrir quiénes somos, lo que implica aprender la diferencia entre las limitaciones accidentales que debemos superar y las limitaciones necesarias de nuestra naturaleza que no podemos traspasar impunemente. Pocos de nosotros podemos aprender esto sin cometer errores, sin intentar convertirnos en un ser un poco más universal de lo que nos está permitido ser. Es durante este periodo cuando un escritor puede ser más fácilmente desviado por otro escritor o por alguna ideología. Cuando alguien de entre veinte y cuarenta años dice, a propósito de una obra de arte: «Sé lo que me gusta», en realidad está diciendo: «No tengo gusto propio, sino que acepto el gusto de mi entorno cultural», porque, entre los veinte y los cuarenta, la señal más segura de que un hombre tiene un gusto propio genuino es su inseguridad. Después de los cuarenta, si no hemos perdido del todo nuestra autenticidad, el placer puede volver a ser lo que era en nuestra infancia: la guía adecuada para saber qué leer.
– WH Auden –