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D. Martyn Lloyd-Jones

Lo más maravilloso de la cruz es que nos revela el amor de Dios. No sorprende que Pablo dijera a los Romanos: «Dios demuestra su amor por nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». ¿Cómo vemos el amor de Dios en la cruz? Ah, dice el hombre moderno, yo lo veo así: aunque el hombre rechazó y asesinó al Hijo de Dios, Dios, en su amor, todavía dice: «Está bien, te perdono. Aunque le hicisteis eso a mi Hijo, te perdono». Sí, eso es parte de ello, pero es la parte más pequeña. Ese no es el verdadero amor de Dios. Dios no fue un espectador pasivo de la muerte de su Hijo. Así lo expresan los modernos: que Dios en el cielo lo vio todo, vio a los hombres matando a su propio Hijo y dijo: «Está bien, os perdono». Pero no fuimos nosotros quienes llevamos al Hijo de Dios a la cruz. Fue Dios. Fue el consejo predeterminado y la presciencia de Dios. Si de verdad quieres saber lo que significa el amor de Dios, lee lo que Pablo escribió a los Romanos: «Porque lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil a causa de la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne». Dios condenó el pecado en la carne de su propio Hijo. Este es el amor de Dios. Lee de nuevo Isaías 53, esa maravillosa profecía de lo que sucedió en el monte Calvario. Observa cómo la repite: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores… Jehová quiso quebrantarlo, y lo afligió». Estos son los términos. Y no son más que una descripción clara y objetiva de lo que sucedió en la cruz.
– D. Martyn Lloyd-Jones –