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María Rosa O'Reilley

Apenas comenzaba a adentrarme en la infinita sutileza del canto gregoriano. Era —y sigue siendo— la única oración pública en la que he podido participar sin sentirme un farsante y un idiota. Pero entonces, un día de 1965, más o menos, simplemente fue abolida. Con un trazo de pluma, el Papa Juan XXIII —que tenía ideas tan acertadas sobre otras cosas— declaró que la liturgia se celebraría a partir de entonces en la lengua vernácula. Ese fue, en efecto, el fin del canto latino. Entonces, todos esos monjes y monjas que habían dedicado horas y horas al día comenzaron a enfermar y a caer en depresiones, pero nadie se dio cuenta durante mucho tiempo. Quizás, como bien puedo creer, la música fortaleció sus sistemas de alguna manera misteriosa. O tal vez el canto era realmente un lenguaje que Dios entendía. Ante las numerosas scholas litúrgicas que gritaban los nuevos himnos vernáculos, la Divinidad pudo haberse tapado los oídos y haberse retirado, dejando a los monjes sumidos en la miseria. Nosotros, los músicos parroquiales, analfabetos en todo lo escrito después del siglo XIII, andábamos a tientas tratando de componer liturgias para guitarra y bongos, tratando de dar sentido a textos como «¡Comed su cuerpo! ¡Bebed su sangre!». No fue porque la música se volviera tan mala que dejé de ir a misa, pero ciertamente fue el comienzo de mis dudas sobre la infalibilidad papal.
– María Rosa O’Reilley –