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Damon Suede

El amor duele. Piensa en las novelas románticas que te han encantado o en los libros que definen el género y que impulsan nuestra industria. Las historias y los personajes más inolvidables nacen de la oposición aplastante. Lo que recordamos de las novelas románticas es la oscuridad que las impulsa. Trescientos páginas de gente feliz junta son un buen somnífero, pero trescientas páginas de una pareja que encuentra la manera de ser feliz frente a probabilidades imposibles nos llenan de alegría. En la oscuridad, estamos solos. Así que no te limites a hacer el amor, haz que tus personajes sufran angustia. Al estructurar una historia, no satisfagas los deseos de tu héroe, frustrétalos. Asegúrate de que tus soluciones creen nuevos problemas. Alimenta las dudas y la desesperación de tus personajes. Haz que se ganen el final feliz que desean, mejor aún… haz que se lo merezcan. La demora y la decepción dan peso a las situaciones y validan el crecimiento del personaje. La miseria acompaña al amor. No es casualidad que muchas de las historias que consideramos romances atemporales en la literatura occidental sean profundamente trágicas: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Cupido y Psique… El dolor que encierran nos arrastra una y otra vez, con la esperanza de encontrar esta vez una salida de la oscuridad. Solo si permites que tus personajes se pierdan, nos perderemos en ellos. Y eso, más que nada, es lo que el romance puede y debe hacer por sus protagonistas y sus lectores: guiarnos a través del laberinto, sortear la monstruosa desesperación que deambula por sus pasillos y encontrar el camino hacia la luz.
– Damon Suede –