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David Whiteland

Imagina una tierra donde la gente teme a los dragones. Es un temor razonable: los dragones poseen una serie de cualidades que hacen que temerles sea una respuesta muy loable. Cosas como su terrible tamaño, su capacidad de escupir fuego o de partir rocas en astillas con sus enormes garras. De hecho, la única cualidad aterradora que los dragones no poseen es la de existir. Ahora bien, la gente de esta tierra sabe de los dragones porque sus líderes les han advertido sobre ellos. Cuentan historias de dragones crueles con dientes afilados como navajas y aliento de fuego. Relatan leyendas de dragones que cazan de noche con alas silenciosas. En resumen, los líderes se aseguran de que la gente crea en todas las cualidades de los dragones, incluida esa cualidad clave de la existencia. Y luego controlan a la gente —cuando lo necesitan— con su miedo a los dragones. La gente paga un impuesto por matar dragones… todos se quedan en casa después del anochecer para evitar ser atrapados por garras que se abalanzan sobre ellos… y nadie se aventura fuera de los límites por miedo a ser devorado por completo. Por eso, de vez en cuando es necesario aportar pruebas: uno o dos árboles quemados, una roca astillada, la misteriosa ausencia de algún aldeano. La población está controlada por los dragones en su mente colectiva. Es una superstición artificial, posible porque la gente desconoce el funcionamiento del mundo y no sabe que los dragones existen.
– David Whiteland –