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Don DeLillo

Dentro de límites de sesenta minutos, cien yardas o los límites de un tablero de juego, podemos buscar momentos o estructuras perfectas. En mi ficción, creo que esta búsqueda a veces se convierte en una cruel ilusión. Ni optimismo, ni pesimismo. Ni nostalgia por los valores perdidos ni por la forma en que se escribía ficción antes. Todo el mundo parece saberlo todo. Los temas surgen y se agotan por completo en cuestión de días o semanas, explotados al máximo por la industria editorial y la radiodifusión. Nada es demasiado arcano para escapar al tratamiento, al proceso. Dificultar la lectura no es tanto un ataque al lector como a la época y su mercado del conocimiento superficial. El escritor es la persona que se sitúa al margen de la sociedad, independiente de afiliaciones e influencias. El escritor es el hombre o la mujer que automáticamente toma una postura contra su gobierno. Hay tantas tentaciones para que los escritores estadounidenses se integren en el sistema y la estructura que ahora, más que nunca, debemos resistir. Los escritores estadounidenses deberían mantenerse al margen y vivir en ellos, y ser más transgresores. En las sociedades represivas, los escritores son considerados peligrosos. Por eso tantos están en la cárcel. Algunas personas prefieren creer en conspiraciones porque les generan ansiedad los actos aleatorios. Creer en conspiraciones es casi reconfortante porque, en cierto sentido, una conspiración es una historia que nos contamos para alejar el temor a los actos caóticos y aleatorios. La conspiración ofrece coherencia. Veo la violencia contemporánea como una especie de respuesta sardónica a la promesa de satisfacción del consumidor en Estados Unidos… Veo esta desesperación contra el telón de fondo de paquetes y productos de colores brillantes, la felicidad del consumidor y todas las promesas que la vida estadounidense hace día tras día, minuto a minuto, dondequiera que vayamos. Las páginas desechadas marcan las dimensiones físicas del trabajo de un escritor. El cine nos permite examinarnos de maneras que las sociedades anteriores no podían: examinarnos, imitarnos, expandirnos, remodelar nuestra realidad. Esta doble visión impregna nuestras vidas y también nos distancia, convirtiendo a algunos de nosotros en actores que realizan recorridos. Cada nueva novela alarga la vigencia del contrato: déjenme vivir lo suficiente para escribir un libro más. Uno se convierte en un novelista serio viviendo lo suficiente.
– Don DeLillo –