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Jeffrey McDaniel

Los matemáticos aún no entienden la pelota que nuestras manos hicieron, o cómo tus abuelos electrocutados hicieron posible que encendieras mis cigarrillos con tus ojos. No es tan simple como que yo trepara por la ventana para dejar seis onzas de jugo de naranja y una rosquilla junto a la cama, o que yo me convirtiera en la arena en la que hundiste los dedos de los pies, en la playa, cuando quisiste esconderlos del sol y de las miradas fijas de extraños, y tu aliento rompió en olas sobre el lóbulo de mi oreja, salpicando a través de mi cabeza, derramándose sobre el lóbulo opuesto, y mis primeros poemas bajo tu puerta en la luz sin afeitar del amanecer: Tus ojos me recuerdan a una pared de ladrillos a punto de ser martillada por un conductor borracho. Yo soy ese conductor. Toda la noche te he tragado en el bar. Una vez besé la cicatriz, estirando su párpado sellado a lo largo de tu brazo interior, hebras de pelo secas y lluviosas, llenas de feromonas, descubrí todos tus pasadizos idiosincrásicos, para saber adónde correr cuando llegara la policía. Tu cuerpo es el país al que nunca volveré. El hombre a cargo de lo que cruza mi mente perderá uñas, por no rechazarte en la frontera. Pero en este momento cuando el sudor me hormiguea, y la culpa es tan insignificante como inyectar leche a una vaca, me doy cuenta de que mis besos llenaron los pasillos de tu cuerpo con humo, y las mentiras llegaron como una estación. La mayoría de los borrachos no mueren en accidentes que orquestan, y me tragué una granada de mano que nunca deja de explotar.
– Jeffrey McDaniel –