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Jeffrey McDaniel

Los matemáticos aún no entienden la pelota que nuestras manos hicieron, o cómo tus abuelos electrocutados hicieron posible que encendieras mis cigarrillos con tus ojos. No es tan simple como que yo trepara por la ventana para dejar seis onzas de jugo de naranja y una rosquilla junto a la cama, o que yo me convirtiera en la arena en la que hundiste los dedos de los pies, en la playa, cuando quisiste esconderlos del sol y de las miradas fijas de extraños, y tu aliento rompió en olas sobre el lóbulo de mi oreja, salpicando a través de mi cabeza, derramándose sobre el lóbulo opuesto, y mis primeros poemas bajo tu puerta en la luz sin afeitar del amanecer: Tus ojos me recuerdan a una pared de ladrillos a punto de ser martillada por un conductor borracho. Yo soy ese conductor. Toda la noche te he tragado en el bar. Una vez besé la cicatriz, estirando su párpado sellado a lo largo de tu brazo interior, hebras de pelo secas y lluviosas, llenas de feromonas, descubrí todos tus pasadizos idiosincrásicos, para saber adónde correr cuando llegara la policía. Tu cuerpo es el país al que nunca volveré. El hombre a cargo de lo que cruza mi mente perderá uñas, por no rechazarte en la frontera. Pero en este momento cuando el sudor me hormiguea, y la culpa es tan insignificante como inyectar leche a una vaca, me doy cuenta de que mis besos llenaron los pasillos de tu cuerpo con humo, y las mentiras llegaron como una estación. La mayoría de los borrachos no mueren en accidentes que orquestan, y me tragué una granada de mano que nunca deja de explotar.
– Jeffrey McDaniel –

Jeffrey McDaniel

Vivimos en una sociedad moderna. Los maridos y las mujeres no crecen en los árboles, como en los viejos tiempos. Entonces, ¿dónde se encuentra el amor? Cuando tienes dieciséis años es fácil, como ser liberado con una tarjeta de crédito en una tienda departamental de besos. Está el primer beso. El beso torpe. El piquito. El beso de compasión. El beso en el asiento trasero. El beso de «no deberíamos estar haciendo esto». El beso de «pero tus labios saben tan bien». El beso de «enterrame en una avalancha de cosquilleos». El beso de «ojalá dejaras de fumar». El beso de «acepto tus disculpas, pero a veces me haces enojar mucho». El beso de «conozco tu lengua como el dorso de mi mano». A medida que te haces mayor, los besos se vuelven escasos. Irás conduciendo a casa y verás un beso dañado al costado de la carretera, con su pulgar morado extendido. Si fueras más joven, te detendrías, deslizarías la puerta roja de la boca solo para ver cómo encaja. Oh, ¿dónde se encuentra el amor? Si frotas dos miradas, obtienes una sonrisa. Frota dos sonrisas, obtienes una sensación cálida. Frota dos sensaciones cálidas y ¡listo!, tienes un beso. ¿Y ahora qué? No invites al beso y abras la puerta en ropa interior. Se pondrá sospechoso y mirará tus dedos de los pies. No riegues el beso con whisky. Se pondrá rosa brillante y explotará en mil deliciosas astillas, pero por la mañana estará avergonzado y se escabullirá de tu cuerpo sin decir adiós, y recordarás ese beso para siempre por todos los pequeños cortes que dejó en el interior de tu boca. Debes nutrir el beso. Apaga las luces. Observa cómo ilumina la habitación. Sostenlo contra tu pecho y pregúntate si la arena dentro de los relojes de arena viene de una playa especial. Colócalo en la almohada de la lengua, luego busca el primer beso registrado en una enciclopedia: bajo un olivo babilónico en el 1200 a. C. Pero un beso levita por encima de todos los demás. La intersección de la función y el deseo. El beso del sí. El beso del amor que te atraviese un muro de ladrillos. Incluso cuando esté muerta, nadaré a través de la Tierra, como una sirena del suelo, solo para estar junto a tus huesos.
– Jeffrey McDaniel –