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Kurt Vonnegut Jr.

Aviones estadounidenses acribillados a balazos, heridos y cadáveres despegaron marcha atrás de un aeródromo en Inglaterra. Sobre Francia, algunos cazas alemanes volaron hacia ellos en reversa, succionando balas y fragmentos de proyectiles de algunos aviones y tripulantes. Hicieron lo mismo con los bombarderos estadounidenses destrozados en tierra, que volaron hacia atrás para unirse a la formación. La formación voló hacia atrás sobre una ciudad alemana en llamas. Los bombarderos abrieron las compuertas de sus bodegas de bombas, ejerciendo un magnetismo milagroso que redujo el fuego, lo recogió en contenedores cilíndricos de acero y lo elevó hasta el interior de los aviones. Los contenedores se almacenaron ordenadamente en estantes. Los alemanes, abajo, tenían sus propios dispositivos milagrosos: largos tubos de acero. Los usaron para succionar más fragmentos de los tripulantes y los aviones. Sin embargo, aún quedaban algunos estadounidenses heridos y algunos bombarderos estaban en mal estado. Sobre Francia, los cazas alemanes volvieron a ascender y dejaron todo y a todos como nuevos. Cuando los bombarderos regresaron a su base, los cilindros de acero fueron retirados de los estantes y enviados de vuelta a Estados Unidos, donde las fábricas trabajaban día y noche desmantelándolos y separando su peligroso contenido en minerales. Resulta conmovedor que fueran principalmente mujeres quienes realizaban este trabajo. Los minerales se enviaban luego a especialistas en zonas remotas. Su labor consistía en enterrarlos para ocultarlos hábilmente y evitar que volvieran a dañar a nadie.
– Kurt Vonnegut Jr. –