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Paulo Coelho

El alquimista tomó un libro que alguien de la caravana había traído. Hojeando las páginas, encontró una historia sobre Narciso. El alquimista conocía la leyenda de Narciso, un joven que se arrodillaba diariamente junto a un lago para contemplar su propia belleza. Estaba tan fascinado consigo mismo que, una mañana, cayó al lago y se ahogó. En el lugar donde cayó, nació una flor, que se llamó narciso. Pero así no era como el autor del libro terminaba la historia. Decía que cuando Narciso murió, las diosas del bosque aparecieron y encontraron el lago, que había sido de agua dulce, transformado en un lago de lágrimas saladas. «¿Por qué lloras?», preguntaron las diosas. «Lloro por Narciso», respondió el lago. «Ah, no es de extrañar que llores por Narciso», dijeron, «pues aunque siempre lo perseguimos en el bosque, solo tú podías contemplar su belleza tan de cerca». «Pero… ¿era Narciso hermoso?» El lago preguntó: «¿Quién mejor que tú para saberlo?», preguntaron las diosas con asombro. «¡Después de todo, era a tus orillas donde se arrodillaba cada día para meditar!». El lago guardó silencio un rato. Finalmente, dijo: «Lloro por Narciso, pero nunca me di cuenta de que Narciso fuera hermoso. Lloro porque, cada vez que se arrodillaba junto a mis orillas, podía ver, en la profundidad de sus ojos, mi propia belleza reflejada». «Qué historia tan hermosa», pensó el alquimista.
– Paulo Coelho –