Etiqueta: pronunciadas en una ocasión significativa

David Foster Wallace

Porque aquí hay algo más que es extraño pero cierto: en las trincheras cotidianas de la vida adulta, en realidad no existe el ateísmo. No existe el no adorar. Todos adoran. La única elección que tenemos es qué adorar. Y la razón convincente para quizás elegir algún tipo de dios o algo espiritual para adorar —ya sea Jesucristo o Alá, Yahvé o la Diosa Madre Wicca, o las Cuatro Nobles Verdades, o algún conjunto inviolable de principios éticos— es que prácticamente cualquier otra cosa que adores te consumirá. Si adoras el dinero y las cosas, si en ellos encuentras el verdadero significado de la vida, entonces nunca tendrás suficiente, nunca sentirás que tienes suficiente. Es la verdad. Adora tu cuerpo, tu belleza y tu atractivo sexual y siempre te sentirás feo. Y cuando el tiempo y la edad empiecen a notarse, morirás un millón de veces antes de que finalmente te lloren. En cierto modo, todos ya sabemos esto. Se ha codificado en mitos, proverbios, clichés, epigramas, parábolas; el esqueleto de toda gran historia. El truco consiste en mantener la verdad presente en la conciencia diaria. Si veneras el poder, acabarás sintiéndote débil y temeroso, y necesitarás cada vez más poder sobre los demás para insensibilizarte ante tu propio miedo. Si veneras tu intelecto, si te consideran inteligente, acabarás sintiéndote estúpido, un impostor, siempre a punto de ser descubierto. Pero lo insidioso de estas formas de veneración no es que sean malas o pecaminosas, sino que son inconscientes. Son configuraciones predeterminadas. Es el tipo de veneración en la que te deslizas gradualmente, día tras día, volviéndote cada vez más selectivo con lo que ves y cómo mides el valor sin ser plenamente consciente de que eso es lo que estás haciendo.
– David Foster Wallace –