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Portero Chesterton

La mente moderna se ve impulsada hacia el futuro por una cierta fatiga, no exenta de terror, con la que contempla el pasado. Se ve impulsada hacia el futuro; es, en palabras exactas de la expresión popular, empujada hacia la mitad de la semana que viene. Y el aguijón que la impulsa con tal avidez no es una afectación por el futuro. El futuro no existe, porque aún es futuro. Más bien es un temor al pasado; un temor no solo al mal del pasado, sino también al bien del pasado. El cerebro se quiebra bajo la insoportable virtud de la humanidad. Ha habido tantas fes ardientes que no podemos sostener; tantos heroísmos duros que no podemos imitar; tantos grandes esfuerzos de construcción monumental o de gloria militar que nos parecen a la vez sublimes y patéticos. El futuro es un refugio de la feroz competencia de nuestros antepasados. La generación mayor, no la joven, llama a nuestra puerta. Es agradable escapar, como dijo Henley, a la Calle del Futuro, donde se encuentra la Posada del Nunca. Es placentero jugar con niños, especialmente con los que aún no han nacido. El futuro es una pared en blanco en la que cada hombre puede escribir su nombre tan grande como desee; el pasado lo encuentro ya cubierto de garabatos ilegibles, como Platón, Isaías, Shakespeare, Miguel Ángel, Napoleón. Puedo hacer que el futuro sea tan estrecho como yo mismo; el pasado está obligado a ser tan amplio y turbulento como la humanidad. Y la conclusión de esta actitud moderna es realmente esta: que los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a intentar los antiguos. Miran hacia adelante con entusiasmo, porque temen mirar hacia atrás.
– Portero Chesterton –