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Winston S. Churchill

¡Qué terribles son las maldiciones que el islam impone a sus devotos! Además del fanatismo exacerbado, tan peligroso en un hombre como la hidrofobia en un perro, existe una temible apatía fatalista. Sus efectos son evidentes en muchos países. Hábitos imprudentes, sistemas agrícolas negligentes, métodos comerciales lentos e inseguridad patrimonial prevalecen dondequiera que gobiernan o viven los seguidores del Profeta. Un sensualismo degradado priva a esta vida de su gracia y refinamiento; a la siguiente, de su dignidad y santidad. El hecho de que, según la ley islámica, toda mujer deba pertenecer a algún hombre como su propiedad absoluta —ya sea como hija, esposa o concubina— retrasa la erradicación definitiva de la esclavitud hasta que la fe islámica deje de ser una gran potencia entre los hombres. Miles se convierten en valientes y leales soldados de la fe: todos saben morir, pero la influencia de la religión paraliza el desarrollo social de quienes la siguen. No existe en el mundo una fuerza retrógrada más poderosa. Lejos de estar moribundo, el islam es una fe militante y proselitista. Ya se ha extendido por toda África Central, generando guerreros intrépidos a cada paso; y si el cristianismo no estuviera amparado por la solidez de la ciencia, la misma ciencia contra la que luchó en vano, la civilización de la Europa moderna podría derrumbarse, como derrumbó la civilización de la antigua Roma.
– Winston S. Churchill –