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Catalina Merridale

De los 403.272 soldados de tanques (incluidas algunas mujeres) entrenados por el Ejército Rojo durante la guerra, 310.000 morirían. Incluso las tropas más optimistas sabían lo que ocurriría al ser bombardeado un tanque. El destello incandescente de la explosión casi con toda seguridad incendiaría el combustible y la munición de la tripulación. En el mejor de los casos, la tripulación —o al menos aquellos que no hubieran sido decapitados o desmembrados por el proyectil— no tendrían más de noventa segundos para salir de la cabina. Gran parte de ese tiempo se perdería luchando por abrir la pesada escotilla, a veces al rojo vivo, que probablemente se atascaría tras el impacto. El campo de batalla no era un refugio seguro, pero era más seguro que el ataúd blindado que ahora comenzaría a arder, fundiéndose sus componentes metálicos. No se trataba simplemente de un incendio. El tanque también incendiaría la atmósfera a su alrededor. Para entonces, no habría esperanza para los hombres que iban dentro. Como era habitual, sus cuerpos quedaban tan quemados que los restos eran inseparables. “¿Ya te has quemado?” era una pregunta que los tanquistas se hacían a menudo cuando se conocían por primera vez. Un chiste macabro de esta época de la guerra cuenta que un politruk le informa a un joven que casi todos los tanquistas de su grupo han muerto ese día. “Lo siento”, responde el joven. “Me aseguraré de quemarme mañana”.
– Catalina Merridale –