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Hermann Hesse

Sin obedecer a ningún hombre, dependiendo solo del clima y la estación, sin una meta ante ellos ni un techo sobre ellos, sin poseer nada, abiertos a cada capricho del destino, los vagabundos sin hogar llevan su existencia infantil, valiente y desaliñada. Son los hijos de Adán, que fue expulsado del Paraíso; los hermanos de los animales, de la inocencia. De la mano del cielo aceptan lo que se les da momento a momento: sol, lluvia, niebla, nieve, calor, frío, comodidad y penurias; el tiempo no existe para ellos, ni la historia, ni la ambición, ni ese extraño ídolo llamado progreso y evolución, en el que los dueños de casas creen tan desesperadamente. Un vagabundo puede ser delicado o tosco, astuto o torpe, valiente o cobarde; siempre es un niño de corazón, viviendo en el primer día de la creación, antes del comienzo de la historia del mundo, su vida siempre guiada por unos pocos instintos y necesidades simples. Puede ser inteligente o estúpido; Puede que sea profundamente consciente de la fugaz fragilidad de todos los seres vivos, de la mezquindad y el miedo con que cada criatura viviente transporta su pizca de sangre caliente a través de los glaciares del espacio cósmico, o puede que simplemente siga las órdenes de su pobre estómago con codicia infantil; siempre es el oponente, el enemigo mortal del propietario establecido, que lo odia, lo desprecia o le teme, porque no quiere que se le recuerde que toda existencia es transitoria, que la vida se marchita constantemente, que la muerte gélida e implacable llena el cosmos a su alrededor.
– Hermann Hesse –