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Mariane Pearl

Es como Romeo y Julieta —digo—. No se pueden separar. De lo contrario, no existiría Shakespeare. Silencio. Decido ser más directa. Le digo: «Ya nada me asusta. Ni siquiera tengo miedo a morir». Los ojos de Bussey, ya muy abiertos, se abren aún más. Mi muerte es lo último que necesita. Tengo la extraña sensación de que hay dos de mí. Uno observa la conversación mientras el otro habla. Todo es anormal, especialmente esta calma extrema que me ha invadido. Intento explicarle a Bussey que si decido morir, será sin amargura. Sé que hice todo lo que pude, así que será una despedida respetuosa. Me inclinaré ante la vida como un actor que, tras recitar sus líneas, se inclina profundamente ante su público y se retira. Le digo a Bussey que esta decisión no tiene nada que ver con él, que es enteramente mía. Elegiré vivir o morir, pero no puedo permitirme vivir en el término medio. No quiero pasar la vida como un fantasma. —¿Crees que encontrarás a Danny de esta manera? —pregunta Bussey. Mi mente repasa todas las teorías posibles sobre la vida después de la muerte. Es como si esta pregunta metafísica se hubiera vuelto tan real como el aire que respiramos. El budismo enseña que la vida es un ciclo eterno sin principio ni fin. Recuerdo la metáfora: «Nuestras vidas individuales son como olas que surgen del gran océano que es el universo. El surgimiento de una ola es la vida, y su desaparición es la muerte. Este ritmo se repite eternamente». Finalmente, le respondo a Bussey: «No, no lo creo». Bussey parece aliviado, pero yo estoy más angustiado, porque nunca pensé que podría terminar solo. En mi mente, sin importar las probabilidades, Danny y yo estábamos y estaríamos juntos para siempre.
– Mariane Pearl –