
Jesucristo no vino a condenarte, sino a salvarte. Él conoce tu nombre, todo sobre ti, tu peso actual, tu edad, a qué te dedicas, dónde vives, qué cenaste y qué desayunarás, dónde dormirás esta noche, cuánto te costó la ropa y quiénes fueron tus padres. Te conoce individualmente como si no existiera otra persona en el mundo. Murió por ti con la misma certeza como si fueras el único perdido. Él sabe lo peor de ti y es quien más te ama. Si te has alejado de Dios, pon tu nombre en las palabras de Juan 3:16 y di: «Señor, soy yo. Yo soy la razón por la que viniste a la tierra a morir». Ese tipo de fe positiva y personal, y un Redentor personal, es lo que te salva. Si te entregas a Él, no necesitas conocer toda la teología ni las palabras correctas. Puedes decir: «Yo soy por quien Él vino a morir». Grábalo en tu corazón y di: «Jesús, este soy yo: Tú y yo», como si no hubiera nadie más. Ten esa fe personal en un Señor y Salvador único.
Y habitó entre nosotros: Enseñanzas del Evangelio de Juan

A.W. Tozer
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