
La búsqueda de la razón termina en lo conocido; en la inmensa extensión que se extiende más allá, solo el sentido de lo inefable puede deslizarse. Solo él conoce el camino hacia aquello que está alejado de la experiencia y la comprensión. Ninguno de los dos es anfibio: la razón no puede ir más allá de la orilla, y el sentido de lo inefable está fuera de lugar donde medimos, donde pesamos. No abandonamos la orilla de lo conocido en busca de aventura o suspenso, ni porque la razón no responda a nuestras preguntas. Navegamos porque nuestra mente es como una concha marina fantástica, y al acercar el oído a sus labios oímos un murmullo perpetuo de las olas más allá de la orilla. Ciudadanos de dos reinos, todos debemos mantener una doble lealtad: percibimos lo inefable en un reino, nombramos y explotamos la realidad en otro. Entre ambos establecemos un sistema de referencias, pero jamás podremos llenar el vacío. Están tan lejos y tan cerca el uno del otro como el tiempo y el calendario, como el violín y la melodía, como la vida y lo que yace más allá del último aliento.
El hombre no está solo: una filosofía de la religión

Abraham Joshua Heschel
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