Adam Gidwitz

¿Cómo podía odiar a los judíos y, sin embargo, sentirse mal cuando los atacaban? Luis también odiaba a los campesinos, al parecer, y aun así no tenía problema en sentarse junto a Juana, levantándola en brazos e incluso bailando con ella. Jacob intentó darle vueltas a esto en su cabeza, una y otra vez, como las ruedas del carro que giraban bajo él. Pero al cabo de un rato, se dio por vencido. La gente era demasiado extraña para comprenderla, decidió. Eran como la vida misma. Y también ese queso. Demasiadas cosas a la vez.
– Adam Gidwitz –


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¿Cómo podía odiar a los judíos y, sin embargo, sentirse mal cuando los atacaban? Luis también odiaba a los campesinos, al parecer, y aun así no tenía problema en sentarse junto a Juana, levantándola en brazos e incluso bailando con ella. Jacob intentó darle vueltas a esto en su cabeza, una y otra vez, como las ruedas del carro que giraban bajo él. Pero al cabo de un rato, se dio por vencido. La gente era demasiado extraña para comprenderla, decidió. Eran como la vida misma. Y también ese queso. Demasiadas cosas a la vez.

El cuento del inquisidor: o, Los tres niños mágicos y su perro sagrado


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Adam Gidwitz


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