
¡Qué locura, amar a un hombre como algo más que humano! Vivía en un estado de fiebre, convulsionada por lágrimas y suspiros que no me permitían ni descanso ni paz interior. Mi alma era una carga, magullada y sangrante. Estaba cansada del hombre que la llevaba, pero no encontraba dónde dejarla reposar. Ni el encanto del campo ni los dulces aromas de un jardín podían calmarla. No encontraba paz en el canto ni en la risa, ni en la compañía de amigos en la mesa ni en los placeres del amor, ni siquiera en los libros o la poesía. Todo lo que no fuera lo que mi amigo había sido me resultaba aburrido y desagradable. Solo tenía corazón para los suspiros y las lágrimas, pues solo en ellos encontraba algún resquicio de consuelo.

Agustín de Hipona
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