
Pero yo estaba inmovilizado, no tanto por la imposición estática de otro como por mi propia voluntad estática. Pues el enemigo tenía cautivo mi poder de elección, que había usado para hacer una cadena que me atara. De las malas decisiones surge un impulso; y el impulso, cedido, se convierte en compulsión; y la compulsión, sin resistencia, se convierte en esclavitud; cada eslabón de este proceso conectado con los demás, por eso lo llamo cadena; y esa cadena tenía un dominio tiránico sobre mí. La nueva voluntad que sentía agitarse en mí, la voluntad de «darte libre culto» y disfrutar de lo que anhelaba, mi Dios, mi única felicidad confiable, no podía separarse de la voluntad fortalecida por un largo dominio. Dos voluntades eran mías, vieja y nueva, de la carne, del espíritu, cada una luchando contra la otra, y entre sus disonancias mi alma se desintegraba.
Confesiones

Agustín de Hipona
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