
Nunca vacilé en mi certeza de que Dios no existía. Simplemente me liberó la idea de que pudiera haber una manera de relacionarme con la religión sin tener que suscribir su contenido sobrenatural; una manera, para decirlo en términos más abstractos, de pensar en los Padres sin perturbar el recuerdo respetuoso que tengo de mi propio padre. Reconocí que mi continua resistencia a las teorías de la vida después de la muerte o de los habitantes celestiales no justificaba que renunciara a la música, los edificios, las oraciones, los rituales, las fiestas, los santuarios, las peregrinaciones, las comidas comunitarias y los manuscritos ilustrados de las religiones.
Religión para ateos: una guía para no creyentes sobre los usos de la religión.

Alain de Botton
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