
Creemos buscar la felicidad en el amor, pero lo que realmente anhelamos es familiaridad. Buscamos recrear, en nuestras relaciones adultas, los mismos sentimientos que conocimos tan bien en la infancia y que rara vez se limitaban a la ternura y el cariño. El amor que la mayoría de nosotros experimentamos en la niñez venía entrelazado con otras dinámicas más destructivas: el deseo de ayudar a un adulto descontrolado, la falta de afecto paterno o el miedo a su ira, o la inseguridad para comunicar nuestros deseos más complejos. Qué lógico, entonces, que de adultos rechacemos a ciertas personas no porque sean inapropiadas, sino porque son demasiado perfectas —en el sentido de parecer excesivamente equilibradas, maduras, comprensivas y confiables—, dado que, en el fondo, esa perfección nos resulta extraña e inmerecida. Buscamos a otras personas más atractivas, no porque creamos que la vida con ellas será más armoniosa, sino por la inconsciente sensación de que nos resultará reconfortantemente familiar en sus patrones de frustración.
El curso del amor

Alain de Botton
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