
Me gusta trabajar con acuarela, con el menor dibujo previo posible. Me atrae la imprevisibilidad de un medio que se ve afectado tanto por la humedad, la gravedad y la forma en que las partículas más pesadas de la aguada se asientan en las ondulaciones de la superficie del papel, como por lo que yo quiera hacer con él. En otros medios se tiene más control, uno es responsable de cada trazo en la página; pero con la acuarela se dialoga con la pintura, ella responde y uno responde a ella a su vez. El grabado también es así, tiene un elemento impredecible. Esto fomenta una respuesta intuitiva, una espontaneidad que permite que la magia suceda en la página. Cuando empiezo una ilustración, suelo partir de pequeños bocetos, que indican de forma sencilla algo de la atmósfera o la dinámica de la ilustración; luego hago dibujos a mayor escala, apoyándome en estudios de modelos —normalmente amigos— si las figuras desempeñan un papel importante en la imagen. Cuando el dibujo me parece suficientemente bueno, lo paso al papel de acuarela, pero prefiero dejar la mayor cantidad de detalles sin resolver antes de aplicar las veladuras. Esto permite una interacción con el medio, un diálogo entre la pintura y yo. De lo contrario, se parece demasiado a pintar por números, o a una conversación unilateral.

Alan Lee
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