
En esos momentos, el colapso de su valor, voluntad y resistencia era tan abrupto que sentían que jamás podrían salir del abismo de desesperación en el que habían caído. Por ello, se obligaban a no pensar jamás en el problemático día de la huida, a dejar de mirar al futuro y a mantener siempre, por así decirlo, la mirada fija en el suelo a sus pies. Pero, como era de esperar, esta prudencia, este hábito de fingir estar bien con su situación y negarse a luchar, no les reportó ningún beneficio. Pues, al evitar esa repulsión que les resultaba tan insoportable, también se privaban de esos momentos redentores, bastante frecuentes a decir verdad, en los que, al evocar imágenes de un futuro reencuentro, podían olvidar la peste. Así, en un estado intermedio entre estas alturas y profundidades, vagaban por la vida en lugar de vivirla, presa de días sin rumbo y recuerdos estériles, como sombras errantes que solo podrían haber adquirido sustancia al enraizarse en la tierra firme de su angustia.
La peste

Albert Camus
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