
Entonces, ya le había venido a la mente el silencio que se cernía sobre las camas en las que había dejado morir a hombres. Allí como allí era la misma pausa solemne, la calma que sigue a la batalla; era el silencio de la derrota. Pero el silencio que ahora envolvía a su amigo muerto, tan denso, tan parecido al silencio nocturno de las calles y de la ciudad liberada por fin, hizo que Rieux se diera cuenta cruelmente de que esta derrota era definitiva, la última batalla desastrosa que pone fin a una guerra y convierte la paz misma en un mal sin remedio. El doctor no podía saber si Tarrou había encontrado la paz, ahora que todo había terminado, pero él mismo tenía la sensación de que la paz no le sería posible a partir de entonces, del mismo modo que no puede haber una tregua para una madre que ha perdido a un hijo o para un hombre que entierra a su amigo.

Albert Camus
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