
En los ámbitos de la política y la teología, la belleza es perfectamente compatible con el sinsentido y la tiranía. Lo cual es muy afortunado, pues si la belleza fuera incompatible con el sinsentido y la tiranía, habría muy poco arte en el mundo. Las obras maestras de la pintura, la escultura y la arquitectura se produjeron como propaganda religiosa o política, para la mayor gloria de un dios, un gobierno o un clero. Pero la mayoría de los reyes y sacerdotes han sido déspotas y todas las religiones han estado plagadas de superstición. El genio ha estado al servicio de la tiranía y el arte ha ensalzado los méritos del culto local. El tiempo, con su paso, separa el buen arte de la mala metafísica. ¿Podemos aprender a hacer esta separación, no después de los hechos, sino mientras están ocurriendo? Esa es la cuestión.
Un mundo feliz revisitado

Aldous Huxley
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