
Un día, Mma Ramotswe escuchó en su radio una emisión del Servicio Mundial que la dejó sin aliento. Trataba sobre filósofos que se autodenominaban existencialistas y que, por lo que Mma Ramotswe pudo averiguar, vivían en Francia. Estos franceses decían que uno debía vivir de una manera que le hiciera sentir real, y que lo real era también lo correcto. Mma Ramotswe escuchó con asombro. No hacía falta ir a Francia para conocer existencialistas, reflexionó; había muchos existencialistas aquí mismo en Botsuana. Fíjese, por ejemplo, en Mokoti. Ella misma había estado casada con un existencialista, sin siquiera saberlo. Fíjese, ese hombre egoísta que nunca se preocupó por nadie —ni siquiera por su esposa— habría aprobado a los existencialistas, y ellos a él. Era muy existencialista, quizás, salir a bares todas las noches mientras tu esposa embarazada se quedaba en casa, y aún más existencialista irse con chicas —jóvenes existencialistas— que conocías en los bares. Ser existencialista era una buena vida, aunque no demasiado buena para todas las demás personas que te rodeaban y que no eran existencialistas.
Moralidad para chicas guapas

Alexander McCall Smith
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