
Tras un buen rato, se incorporó con gran esfuerzo, exhaló un suspiro y tomó una hoja limpia de papel rayado, alisándola sobre el escritorio. Desenroscó la tapa de su pluma estilográfica, la colocó perpendicular al papel y comenzó a escribir. A menudo comparaba su escritura con aguas bravas. Bastaba con que se lanzara para ser arrastrado por sus rápidos, zarandeado de un lado a otro, con su propia voluntad anulada. Mientras escribía, descubría que las palabras surgían de los músculos de sus manos, de la sensación del cuerpo de la pluma, de la rigidez de su codo, del rasgueo de la punta al escribir y, debajo de todo eso, de algún impulso coordinador en sus entrañas. Desde luego, no de su mente.
La chica de los pies de cristal

Ali Shaw
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