Alice Munro

Empecé a comprender que había ciertas personas —ciertas chicas— a las que la gente disfrutaba escuchando, no por lo que tenían que decir, sino por el placer que sentían al decirlo. Un placer en sí mismas, un brillo en sus rostros, la convicción de que lo que contaban era extraordinario y que ellas mismas no podían evitar provocar placer. Puede que hubiera otras personas —gente como yo— que no lo aceptaran, pero allá ellos. Y, de todos modos, la gente como yo nunca sería el público al que aspiraban estas chicas.
– Alice Munro –


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Empecé a comprender que había ciertas personas —ciertas chicas— a las que la gente disfrutaba escuchando, no por lo que tenían que decir, sino por el placer que sentían al decirlo. Un placer en sí mismas, un brillo en sus rostros, la convicción de que lo que contaban era extraordinario y que ellas mismas no podían evitar provocar placer. Puede que hubiera otras personas —gente como yo— que no lo aceptaran, pero allá ellos. Y, de todos modos, la gente como yo nunca sería el público al que aspiraban estas chicas.

Demasiada felicidad


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Alice Munro


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