
Me llamo Nathan, tengo veintitrés años y me dedico a recopilar historias. Las escucho, las retengo, las pulo y las comparto junto al fuego por la noche, cuando los demás guardan silencio y se inclinan hacia adelante, deseosos de oír hablar del pasado. Anhelan el romance, sobre todo cuando llega el otoño y les esperan las noches frías, así que les hablo de Alice, Bethany, Sarah, Val y otras mujeres muertas que alguna vez tuvieron un cabello brillante y nunca una mala palabra en sus labios carnosos. Recuerdo que no eran así; ¡las conocí, las conocí! Solo han pasado seis años y, sin embargo, las mitifico como si fueran seis mil. No soy culpable. El lenguaje cambia, como la tierra, como el mar. Vivimos en un flujo solitario y fatídico, superados en número y en madurez.
La belleza

Aliya Whiteley
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