
La mayoría de los humanos, al parecer, aún ponen límites a sus actos y pensamientos —incluso cuando son un desastre— porque no tienen otra forma de delimitarlos. Compárese con las pinturas rupestres paleolíticas, en las que animales y símbolos mágicos se superponen sin diferenciación ni estructura. Pero cuando algunos hemos trabajado en entornos naturales, como en una pradera, un bosque o una sierra, nuestra formación cultural se ha arraigado tan profundamente que simplemente hemos llevado con nosotros un rectángulo mental que enmarcaba lo que hacíamos. Esto nos hacía sentir como en casa. (Incluso la navegación aérea se traza geométricamente, lo que le da al aire una «forma»).
Ensayos sobre la difuminación de los límites entre el arte y la vida.

Allan Kaprow
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